Monday, January 30, 2017

Bez szału



Nada especial

Tomé todos tus besos y los metí en una caja rellena de miedo y cubierta de plomo. La llave la dejé en el alfeizar de una ventana oval, en la casa más allá del lugar donde el Diablo no me dio las buenas noches. Por allí no había ningún sombrero vestido por el nazareno ni se oían los ladridos de animales que según la leyenda habitaban en aquel lugar. Allí sólo estuvimos la llave, la caja y yo. Ahora ninguno de los tres.

Nada especial

Paseé por el cementerio de Père Lachaise, buscando cualquier tumba que no fuera la mía o la de Oscar Wilde. El demonio de Morrison sin su recuerdo me llevó de la mano al cieno entre Doré y el desconocido que cada noche escuchaba la rima del marinero de su compañero de lecho. Entumecido por el frío parisino, enterré el anhelo por tus abrazos en el seno de aquel lugar.

Sin exagerar.

Dividí las noches que pasé en vela por ti y las repartí en migas de pan que fui esparciendo en la seca y yerma llanura manchega una tarde de agosto en un lugar de nombre impronunciable para ti. Llegaron gorriones, jilgueros y urracas y se llevaron todo lo que pudieron a sus picos excepto aquellos pedazos casposos de pan que hicieron por fin vomitar hasta al buitre que cansado de buscar la putrefacta carne se resignó a comer un poco de mis memorias cargadas de ti

Sin pasarse.

Metí tu único y solitario orgasmo en un sobre sellado con vino añejo de Rioja. Más temprano que tarde lo envié por correo urgente al registro de defunciones, sección 1, departamento de objetos perdidos. En el reverso de la carta puse tu dirección actual. Añadí un anexo con referencia a mi testamento

Nada fuera de lo común

Arrastré tus caricias al Mediterráneo. Encontré un puerto y desencadené un ancla corroída por el óxido de años ignorada bajo el mar y até tus algas alrededor de sus brazos. Tiré el ancla al fondo del mar y dejé marchar a la deriva a la barca taladrada de termitas a la que iba fijada. Me pregunto aún si fue el óxido, las termitas o algún tipo de pez desesperado el que acabó por desatar el entuerto final.

Nada personal

Me comí el diccionario de tus palabras de amor en el corazón de un ángel caído del infierno llamado Hybris. Se lo arranqué mientras urdía un plan de ataque sobre una solitaria alma veinteañera en un lugar de La Mancha de cuyo nombre ya sí que no puedo acordarme. Calenté el corazón del diablo relleno de tus promesas vacías y lo fundí en el vaso de ron que tengo ahora en mis manos. Sin necesidad de ahuyentar a ningún diablo que pueda atormentarme, me bebo por fin tus restos y deshago por fin las maletas que nunca tuviste en mi casa. En ellas por fin hallo lo que siempre fuiste: ropas henchidas de aire, sin alma ni espíritu. Máscaras de luz cegadora, leyendas sin fundamento, sueños sin báculo, árboles sin raíz.

Bez szału