Tuesday, September 27, 2016

Inexperiencias en el ángulo muerto de los campos abiertos del espacio interior



Y por fin le sirvieron aquel café, acompañado de aquella remozada rebanada de pan con tomate y aceite que era común en aquella ciudad. El calor de la tarde de septiembre era asfixiante, pero no les había alcanzado aún físicamente aquel día. Era un calor psicológico, el del ansia y temor al inevitable ascenso de un mercurio inapelable cuyas alas ya hubiera querido para sí aquel mitológico Ícaro.

Por allí pasearon todo tipo de personas, en la esquina entre la calle Alarcos y el Pasaje Gutiérrez Ortega. Es inevitable no caer en ese punto si sales de tu casa en Ciudad Real, como si la ciudad estuviera inclinada desde sus bordes hacia el centro, dejando un agujero no lo suficientemente negro en el centro del tablero de Monopoly que conformaba la ciudad manchega.

Se levantó al fin de aquella silla metálica que, por otra parte resultaba imposible de mover y cuando lo intentabas despertabas a los somnolientos vecinos de las calles contiguas. Quizá por eso las sillas y las mesas de la ciudad eran de lo poco que no se robaba. Se dispuso a pagar, y la agradable nueva empleada de la cafetería le dedicó una sonrisa que se deslizaba desde Tarragona hasta el borde de sus labios, pasando por un deje madrileño que delataba inquietud moral y una cierta desorientación.

Mientras se disponía a pasear su cuerpo en constante sobrepeso moral -que no intelectual, claro está- entre las aceras de la plaza de Cervantes, se puso a pensar en su propia carencia de brújula existencial. Sus pensamientos se colaban bajo sus pies, en aquella hundida plaza a la que seguro que aquel Cervantes majestuoso habría dedicado alguna jocosa referencia en sus obras. Cómo era posible que una ciudad desnudada de monumentos e interés histórico hubiera decidido en su momento situar una estatua a su nombre sobre un terreno que se hundía medio metro al año. Quizá pretendían que al situarte bajo la misma el efecto de grandeza de la figura del hidalgo se enalteciera.

Como sigas así vas a volverte loco. Siempre andas ensimismado, como si no estuvieras aquí

Decidió entonces seguir por la calle Alfonso X hasta el parque del Prado, ignorando a su paso las librerías y los bares -para variar- y se sentó en uno de aquellos bancos de granito al lado de la Catedral. El lugar solía estar rodeado de arena ocre, rezumando un aroma que sólo el de una macabra plaza de toros podía imitar. Fluidos -inorgánicos, o al menos en su mayor mayoría- espirituosos de diferente categoría disfrazados con un fuerte impacto cítrico. Un refresco de limón tratando de contener la rabia desenfrenada de una juventud engalonada de vino, vodka o whisky peleones. Aún hoy en día, décadas después, se puede apreciar el crisol de líquidos que componían el puzzle de la ciudadanía de aquel lugar.

Tanto se había embriagado de melancolía al recordar esos días que no se había percatado en absoluto de que estaba hablando en voz alta, y para aumentar ese torpe sentimiento de sonrojo también pudo ver que no estaba solo. Alguien le había estado escuchando, al menos en los últimos minutos. Por encima de una maliciosa sonrisa burlona le miraban unos ojos verdes, o quizá azules. Le daba reparo fijarse en detalles en aquella situación un tanto embarazosa.

- No te preocupes, sólo llevo aquí veinte minutos escuchando tu verborrea. ¿Te acuerdas del descampado al lado del Escondite? Aquello sí que era un sitio lleno de leyenda-

Aquella chica le recordaba a alguien, y al tiempo que le venían a la cabeza historias en torno a aquel antro que después reforzó su reputación convirtiéndose en bar de alterne hasta estos días, encontró la copia a aquella cara que le observaba de modo cómico aquel mediodía de septiembre.

- Claro que me acuerdo.- admití. -Por cierto, ¿tú no te llamarás Mónica, por un casual?

La chica dio un trago a su litro de cerveza y me lo ofreció. Todavía estaba fresco, y como ya habían pasado las 12 del mediodía -extraña obsesión aquella de no probar alcohol antes de mediodía para no parecer un enfermo- descargó una corriente fresca de cerveza por su garganta.

- No, me llamo Cristina. ¿Y tú no serás Samuel, no? Puestos a probar...-

Mientras reían y se echaban un rato de charla sobre los viejos tiempos, seguía obsesionado con el gran parecido que esta chica tenía con su ex del instituto. Sus ojos le mecieron en esa ilusión, impulsados por aquella cerveza que en tiempos se llamaba Calatrava, para el cachondeo general de los que la bebíamos en pareja.

Calatrava, Calatrava. ¿Quién se la hace a quién? 

Esos momentos de tormentosa intimidad a los diecisiete, en los que los botones de los pantalones son rígidos picaportes de puertas de pesado metal con los que pugnar en noches que tienen fecha de caducidad. Camisas que se abren, dando paso a anatomías turgentes, cálidas, suaves y húmedas que se abrazan en los Cul de Sac esparcidos por esta ciudad adormecida. Aquellas noches en las que torpemente se descubrían las paredes tensas de la pasión, el motor de tus pulsiones sin importar por fin la hora en la que volver a casa.

Antes de que el sol me diga que es de día

Al ritmo de Blanco y Negro cayeron muchas barricadas morales y estacionales. Sin embargo, en aquella ya tarde de septiembre, no eran necesarios los achuchones entre los coches estacionados en los rincones perdidos del Torreón. Bastaban las sábanas de aquella cama de una chica que no se llamaba Mónica, los besos de un chico que no era Samuel, y la cerveza que no era Calatrava. En aquel Cul de Sac emocional de La Mancha, en cualquier tarde de septiembre y entre dos personas del lugar, la vida te engancha y te suelta cuando se le antoja.

En Ciudad Real.