Saturday, June 4, 2016

Alquimia en clave de Mi



Se encerró en un edificio cochambroso de la calle Miodowa. En el portal todavía quedaban algunos restos de licor de vodka con burbujas de frambuesa adornando el marco de un charco desigual. Allí espero todo el tiempo que no hacía falta y cuando por fin se decidió a salir la calle estaba más ruidosa que cuando penetró en ella buscando las sombras.

En algún momento había vivido en aquella urbe, participado en toda una serie de instantáneas que reflejaron su felicidad e integración en la misma. Y sin embargo, fue alli, despistando a turistas mexicanos en el corazón de un Kazimierz de mayo que se sintió en última instancia protegido de sus recuerdos. Los orbes que churreteaban las fotos con ojos perdidos a las tantas de la mañana le parecían ahora presagio de lo que había de experimentar más tarde. Como en una de aquellas novelas de ciencia ficción de principios del XX, pensó que quizá parte de él habría viajado en el tiempo y depositado su huella sucia, suicida y sociópata en aquellas fotos deslabazadas en su biografía.

En el cercano pub Alchemia sonaba la melodía de Antimatter, probablemente Another Face in the Window, su favorita. En su estado de sonambulismo intelectual le hizo gracia imaginar que los irlandeses la habrían escrito pensando en un fan que como él les vería desde el otro lado de una ventana. Sus ojos le parecieron demasiado abiertos, analizando con minuciosa atención el vuelo de las miradas en la coloreada alma de la ciudad polaca.

Una mano sin duda más inocente que la suya le tocó el hombro. Quería saber si se encontraba bien, si podía mantenerse erguido. La pregunta le sorprendió, pero no le despertó de su estado de sueño más real que la vida misma. Le respondió que sí, y le preguntó si quería compartir asiento en aquel escalón del portal contiguo a Alchemia. Ella le dijo que sí, que por favor la llamara de tú y que si quería probar aquel licor de color anaranjado en el interior de una botella casi llena.

Bebieron juntos, Elzbieta y su aroma a menta y limón. Ella era de Wroclaw, la ciudad de los duendes en las esquinas. Se sintió como uno de aquellos diminutos seres que observaban la ciudad desde su leve estatura moral y con la misma dureza en el interior que en el exterior. Al tacto, y con tacto se sintieron unidos en el intervalo de dos o tres besos que se regalaron el uno al otro para decirse adiós. Quizá se volverían a ver, se dijeron sabiendo que aquello probablemente no había de ocupar ni un sólo segundo en el habitáculo de fácil inundación sensorial de sus memorias nocturnas.

Caminó después por Izaaka y se perdió de nuevo al margen de las aceras que iba pisando. Persiguió alguna sombra, tarareó alguna melodía de Deep Purple o de Katatonia para llegar en el impasse de menos de medio suspiro en los brazos del río Wisla. La noche le obsequió con un racimo de estrellas fugaces que dibujaron un bienvenido en lo alto de aquel cielo tan solemne.

Había vuelto porque no se había marchado jamás. Y cuando su cuerpo cambiara de formato, presencia o ausencia de alma, sabría que un vaso de vino conteniendo su espíritu benditamente maldito sería bebido a su salud en alguno de esos bares bohemios del barrio judío.