Monday, August 29, 2016

Latidos enraizados



El agujero de la cerradura se alarga hasta el otro extremo sin fin. En su interior caben los ilimitados recursos de su imaginación, desde el principio de su diagnosticada psique hasta el final del recto tubo longitudinal recubierto de la mugre del pasado si miras hacia detrás, y relleno del vacío del silencio si miras hacia el futuro.

En aquellos días que se le antojaron ser de invierno, el chico de las gasas en la cara se sentía un poco menos solitario que de costumbre. Si bien los pajarillos que anidaban sobre su ventana parecían cada vez más ausentes, o quizás los polluelos habían dejado su hambriento pico demasiado tiempo abierto y la nada había depositado su sombra en sus paladares, otra serie de criaturas se habían propuesto darle un poco de compañía. Especialmente aquellas que aparecían por la noche, huyendo de las pesadillas de los seres normales. Arrastrados por los pálpitos acelerados y agolpados en las habitaciones sin armarios roperos se deslizaban por las grietas bajo los muebles y llegaban a parar al jardín de nuestro amigo de las gasas. Arriba, en la torre de escaleras de caracol sin fin hacia aquel derruido lugar se iban sentado en sus escalones deformes, resguardándose del pánico y terror de los seres que, en su presunta humanidad, los despojaban de su existencia en aquella que siempre había sido su casa: la oscuridad.

El chico de las gasas podía oir sus respiraciones lentas pero intensas. Sabía que no debía temer nada, porque su monstruosidad era en parte habladurías de gente que nunca habían osado mirarles a la cara y por otra parte le bastaba retirar sus propias gasas para comprender que nada ni nadie podría provocar tanto pavor como él mismo. La existencia de seres que compartían en cierto modo su anomalía le hacía sentirse vivo, su vida cobraba algo más de sentido.

Aquel día se despertó con una idea que golpeaba con impulsos casi espasmódicos su corazón. Se le ocurrió que podría invitar a aquellas criaturas a su habitación. Podría enseñarles su colección de novelas, desempolvar algunos de los vinilos que poblaban el único muro vestido de aquella morada. No sería necesario disimular sus gasas en las sombras que proyectaban las cortinas, ni disimular la luz de ninguna manera. Aquel encuentro sería la sábana por las que deslizaría la huída de una soledad que le había mantenido demasiado tiempo aislado del sabor infinito de una conversación cualquiera. Las palabras se habían vuelto alquitrán ardiente en el cielo de una boca cerrada al otro lado por unos labios impermeables a la comunicación.

Y con esta idea columpiándose en el vacío entre sus sienes se lanzó sin red hacia la primera de las presencias que se agolpó a su puerta aquella misma noche. Se acercó a la puerta y sintió la fatiga de aquella criatura resonar contra la madera de la puerta, el eco sordo y mitigado de una agonía sonora desesperada. El chico de las gasas apoyó su mano al otro lado de aquellos pulmones que se hinchaban una y otra vez en soledad y quiso calmar con su latido aquella incansable lucha de un corazón deforme expulsando sangre una y otra vez sin recompensa vital.

- Tran-qui-lo - dijo al fín. Tres sílabas interrumpidas por una r demasiado rocosa y un abismo sonoro provocado por la oclusión nada velada de una q que cayó precipitadamente y de forma totalmente accidental con el lóbulo de la sílaba final.

La presencia al otro lado emitió un quejido de sorpresa, nada diferente al crujido latente de la madera de la puerta. Después del silencio, aquella respiración pareció remitir el fervor de su cadencia. Estaba sorprendido y al mismo tiempo aliviado, alguien más había percibido su angustia en aquella torre en ninguna parte. Ese pensamiento acarició el corazón y su deformidad decreció un poco en uno de sus costados, la sangre se calentó con aquella sensación totalmente nueva para la criatura.

- ¿Estás mejor? ¿Cómo te llamas? -

El chico hizo estas preguntas sin saber en realidad cómo responder él mismo a ninguna de ellas. Eso le hizo sentirse un poco estúpido por unos instantes, pero el silencio al otro lado le permitió recuperarse con rapidez de aquella pequeña temeridad, sustituida por la duda plenamente lógica de pensar que quizá aquella criatura no hablara su mismo idioma. Quizá no fuera de aquella región, al fín y al cabo no recordaba si él había nacido en aquella tierra tampoco. No recordaba ni cuándo ni cómo había aparecido en aquella torre, ni por supuesto el nombre o categoría lingüística del lenguaje con el que había osado perturbar a aquella presencia nerviosa que había apoyado su espalda en aquella puerta.

Tras unos instantes más de espera, un par de toses nerviosas emitidas desde su cavidad hacia la presencia fruto de un racimo de dudas que se hacían más grandes en su boca, su mente fue asaltada y robada por la inquietante realidad que se había transformado en plena realidad ante sus ojos:

Quizá, y sólo quizá, el silencio prolongado en el espacio de varios centímetros entre los pensamientos a ambos lados de aquellos seres nerviosos, inseguros y ciertamente monstruosos era debido a que el invitado de aquella noche no era, ni mucho menos, un ser humano.


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