Friday, August 14, 2015

Es reiten die Toten so schnell


Deshizo el nudo alrededor de su cuello, desenmarañando el coágulo de pensamientos acurrucados en estado de ensoñación involuntaria durante unas siete semanas. Sintió cómo la sangre acariciaba tejidos amortajados en torno a su voluntad abandonada a la suerte de un viento manchego que había calcinado sus memorias a la luz impávida del mañana en su ausencia.

Comenzó a caminar lentamente, con una timidez no disimulada. Le parecía extraño poder hacerlo y al mismo tiempo le asaltaba la impaciencia de sentirse observado.

Es reiten die Toten so schnell


A él no su paso se le hacía en cambio pesado y eterno, quitándose un clavo atravesado en la raíz de su tobillo con cada movimiento de sus pies, las venas retorcidas como las lombrices en torno a los restos de su carne en estado de aparente putrefacción en vida.

Quiso ocultarse en los hierbajos colindantes, liárselos en torno a su cuello como la sábana que su madre le ponía en sus noches de infancia y que a él le parecía eterna en su amorosa protección contra los tempranos sudores nocturnos de su existencia.

Ansiaba el contacto humano, el aroma del abrazo sincero y tierno de almas afines a él, codiciaba cada mirada que se había posado tiernamente su cuerpo entonces lleno de si mismo. Desde sus cuencas vacías le parecía poder derramar lágrimas de melancólico bálsamo por aquellos instantes que nunca más se habrían de repetir.

Le pareció poder escuchar su propia voz, recitando poemas que había escrito bajo el furor de su espíritu cabalgante. Quiso y pudo recordar el sabor de su lengua recorriendo los contornos de los labios de la que entonces le amó durante un tiempo fugaz pero verdadero, los únicos instantes grabados ahora en un corazón abierto de par en par por el abrasivo mordisco del olvido.

En el anochecer manchego depositó su sombra y cobijó su memoria, para poco después ser borrada una vez más por la luz de unas estrellas que limpiaban el suelo de la manchas oscuras del sangrante paso de los muertos bajo su fulgurante vuelo.

Por eso corremos tan velozmente noche tras noche mientras vosotros sólo intuís nuestra presencia. En cada calle, tras cada esquina se acaba de ocultar uno de nosotros, conscientes de la agónica brevedad de nuestra existencia en vuestra vida.